Lo único que Halley Canary, chilena-norteamericana residente temporal en Kenia, tuvo claro del asunto que se empieza a narrar, es que un día preciso, sin duda el más atroz de su vida, fue atacada y vejada por varios individuos; la violaron, la golpearon con salvajismo y la dejaron abandonada en un descampado, bajo la lluvia, en plena noche. El ataque ocurrió en el barrio de Gigiri, pródigo en mansiones y embajadas, un hermoso domingo preñado de veleidades climáticas. Y en un lugar tan chic como el Club de Golf de Nairobi, para mayor ironía.

Halley había llegado allí con el propósito de cumplir con un rito personal; y también porque el día era magnífico. Cuando una tarde se revela pródiga en los negros nubarrones que pregonan la inminencia de la tormenta, y el sol, porfiado, logra asomar e iluminar la tierra, haciendo destacar los contornos de seres y cosas, entonces los amantes de la naturaleza saben que es la hora de los árboles. No hay espectáculo comparable en esta tierra, y lo mejor de la cultura forestal británica, herencia del período colonial británico, había hecho del Club de Golf de Muthaiga el más bello parque de Nairobi.

Blanca de negro (Bartolomé Leal)

 

Cuando hallé en el terminal de omnibuses la invitación de mi gran amigo el padre Doménico Giglio para hacerle una visita al Cusco, sentí el tremendo agrado, y por qué no decir el alivio, de todo limeño que logra, por fin mi Diosito querido, encontrar una oportunidad para salir de esta ciudad de pesadilla. No es que yo no ame a Lima, por horrible que sea, como lo escribió alguna vez un poeta nuestro, Salazar Bondy; lo que pasa es que Lima te agobia, hermano.
Habíamos pasado por la gran cagada, no veo otra manera de llamarlo, del secuestro de la Embajada del Japón, más un par de accidentes de aviones y otro conato de guerra con los ecuatorianos. Más encima, la ciudad parecía eternizada en sucesivas reparaciones, como un cacharro viejo. Ni hablar de la sequía, tenaz; ni de la permanentemente renovada necedad de los políticos; ni de la delincuencia rampante, carajo. O sea que poder arrancar de Lima era poco menos que una bendición… y viniendo la invitación de un frailecito tan pata como el Doménico, mejor aún.

En el Cusco el rey (Bartolomé Leal)